jueves, junio 08, 2006

MIEDO AL DENTISTA






Recuerdo, rondando el comienzo de mi pubertad, cuando al salir del letargo de la sala de espera. Me extrajeron la última muela de leche, tuve la suerte que la dentista atendía a chicos de mi edad y menores. Con una especie de pinza, me la extrajo,
En visitas posteriores tuve que soportar el máldito torno para arreglarme alguna que otra carie, lo curioso que mi lengua involuntariamente se acercaba al torno y la dentista me marcó para toda la vida, con: " Te puedo cortar la lengua" .

Luego estube muchisimos años, sin padecer al dentista, hasta que llegué con cuatro sesiones con un odontologo de apellido alemán que me trató de muy mala manera.
Me empezé a inquietar con el artilugio mounstroso llamado torno, se fastidió y me reprendió con: "Si te seguís moviendo, no seguiré adelante; ergo, te vas a tener que ir, y que te asista otro, ya que con gente de tu calaña no puedo trabajar".
En este momento mi bloqueo y mi miedo crecieron de tal manera que estube rozando el desmayo.

Años más tarde, postegando visitas por mis transitorios dolores de muela, decidí nuevamente ir al odontologo. Luego de revisaciones insignificantes y de placas radiográficas en mi boca: me preparé para un tratamiento de conducto. La persona que se encargó de hacerme tal labor, tenía una figura que mezclaba a Morticia y a Chucky, el muñeco máldito.
Su personalidad no fue muy propiscia, era muy bruta y quería terminar de una vez, y al anhelar tanto esto se equivocaba muy seguido; me tiraba frases como: "Toma el extractor de saliva, agarralo con la mano, y no tenés que estar nervioso, sos grande ya"; comenzé a sentirme un bebé, alimentando mi rebeldía nata.
Me dio dos inyeciones de anestecia, y cuando mis ojos no querían ver, me regañaba con : " No cierres los ojos", yo era vulnerable a todo lo que me decía, odiaba estar sometido de esa forma.

Mi cuerpo se inmovilizaba, mi rostro se tornaba pálido. El mini-taladro, los ganchos y cualquier otro artefacto que me colocaba en la boca en forma coarcitiva y sin contemplación; aumentaba mis temores y mis ganas de desaparecer.
Mi primera sesión concluyó, después de casi una hora de sufrimiento.

En la segunda sesión, además del ritual vivido la anterior vez, en un momento se quejó con "Uy se desarmó todo, Ay mi Dios", mis nervios fueron aun más contundentes, que complementado con los de ella, dió como resultado a que me tratara con mucho más agresión y hacerme sentir de sobremanera impotente a mis temores y dolores.
La hora y media que tuve de sufrimiento resultó ser eterna, pero lo resarcitorio fue que en los siguientes dias cargué con un dolor de muela que me tapaban los oídos. Las noches de lucha para descansar, a pesar de los ibuprofenos, fueron de una irreversible tortura.

1 comentario:

ag dijo...

jaja!! sos vos el de la foto??
yo por suerte no tengo ese problema fobico

cariños!